sábado, 19 de agosto de 2017

La tómbola



   Ni siquiera sabía por qué la había llevado ahí. La verdad es que no le gustaban las ferias ambulantes, siempre las había considerado una horterada, una muéstra física que representaba a la perfección esa España de pandereta que él tanto odiaba. Si se ponía a pensar, no le habían gustado ni de pequeño, cuando la llegada de una feria ambulante resultaba ser una verdadera revolución en aquel pueblo de pastoreo -que intentaba integrarse en la civilización- donde se había criado. Todos los niños enloquecían y corrían detrás de los remolques de los feriantes cuando éstos cruzaban por el camino principal, y una vez estacionados en el lugar perfecto, los niños se amontonaban a una distancia prudencial para espiar con gran interés como los feriantes se apresuraban en el montaje y preparativos de lo que, por la noche, sería la gran feria que alegraría el pueblo durante los días de fiesta. Pero él nunca se acercaba a aquellas viejas carrozas o rulots desgastadas por el paso del tiempo y los kilómetros, y mientras la tarde caía y las personas del lugar se ponían sus trajes de los domingos para tan magno evento, él se quedaba sentado en el escalón de la puerta de su casa viendo pasar a sus vecinos y amigos que, con gran jaleo por la excitación-  lo llamaban para que les acompañase en todas las diversiones y entretenimientos que aquellas ferias ofrecían. Pero él siempre negaba con la cabeza y los veía marchar alegremente hacía la plaza mayor del pueblo.
   -Eso son paparruchas -decía su padre sentado en su rincón preferido del salón, siempre con la bota de vino a mano y su navaja en el bolsillo-. Haces bien en no ir, hijo mío. Tu sitio está aquí, con madre y conmigo, y no dejándote embarcar por charlatanes y tomboleros.
  Alguna vez, por esas fechas, cuando sus padres se habían dormido, se deslizaba sigilosamente por la ventana de su habitación y se acercaba, sin ser visto, a la periferia de alguna de esas ferias. Intentaba encontrar y entender qué era eso que tanto les atraía a sus amigos y vecinos, pero observar la feria de lejos, con sus luces, sus sonidos, las voces de los feriantes intentando persuadir a las personas para que comprasen un boleto con la esperanza de ganar algún gran premio en las tómbolas y el jolgorio de todos sus amigos correteando de un lado a otro sólo le provocaba un sentimiento de soledad y tristeza que lo obligaba a dar media vuelta y volver cabizbajo a su casa.
   Por eso no entendía como se había podido dejar convencer para ir a una. 
   -Será divertido. -Le había dicho ella cuando paseando se toparon por casualidad con todas aquellas luces y sonidos-. Como cuando éramos pequeños.
   Ahora paseaban por los callejones formados de forma artificial por las casetas y caravanas. En cada una de ellas se escuchaba una canción diferente y parecía que competían por ver cuantos decibelios podrían soportar sus altavoces antes de reventar. 
   Ella lo miró, una sonrisa infantil se le escapó de sus labios justo antes de volver la cabeza hacía otro lado interesada por toda aquella parafernalia. Él la miró, hacia poco que se conocían y esta era una de sus primeras citas, ella separada y medio arruinada porque su ex-marido no le pasaba la pensión para ayudarla con la manutención de sus dos hijos y él, divorciado desde hacía diez años, todavía no se había recuperado del todo de aquel vacío existencial que había dejado su ex-mujer en su vida al marcharse. Dos personas adultas, de unos cuarenta y cinco años de edad intentando aparentar normalidad en sus vidas; ella buscando alguien que le ayudará a mantener a sus hijos bajo un techo. Él con la única intención de no morir solo.
  Lo agarró de la mano y tiró con fuerza de él. 
   -Vamos a mirar aquella tómbola, -le dijo, mientras lo obligaba a caminar en la dirección deseada-. Mira que osos de peluche tan bonitos tiene, ¡y fíjate que tamaño!
   Se pararon frente a la caseta, una vieja  caravana pintada de rojo y con bombillas de colores colgadas a todo su alrededor. Por un par de altavoces colgados con alambres de forma arcaica, se podía escuchar una selección de todas las "canciones del verano" desde los años setenta hasta la actualidad.
   -Mira aquel -le dijo, señalándolo con el dedo-. ¡Es precioso!
   Estudió la tómbola detenidamente, el juego era bastante simple, un centenar de cuerdas azules colgaban sujetas en un manojo en uno de los laterales de la caravana, estas corrían entrecruzándose las unas con las otras por todo el techo de donde colgaban de ellas toda clase de premios, desde osos de peluche de todos los tamaños, formas y colores, a botellas de vino barato, pequeños electrodomésticos como tostadoras o viejos radiocasetes grisáceos o premios de menor valor e importancia que podían tirarse a la basura nada más haberlos conseguido.
   -Vamos, caballero -le dijo la voz ronca y alcoholizada del feriante-, un euro por intento. No sea tacaño, haga realidad el sueño de la señorita.
   Él lo observó sin poder ocultar un poco de desprecio en su mirada.
   -Un euro -pensó-. Cuanto dinero ganará este farsante haciéndoles creer a pobres ingenuos que pueden conseguir sus sueños por un euro.
  Él la miró, ella no apartaba la mirada de aquel gigantesco peluche. Ella ya no era muy joven, pero aún y así la encontraba bastante atractiva, aunque sus pechos empezasen a colgar revelándose contra la gravedad y el efecto mágico del sujetador y sus muslos estuviesen tatuados por temblorosas estrías que asomaban bajo su minifalda. Pero a él no le importaba todo aquello, total, hacía casi siete años que su abultado abdomen le impedía poder mirarse los genitales desde arriba y todavía seguía pensando en que escusa le daría cuando, llegado el momento, su eyaculación precoz lo delatase. 
  Se metió la mano en uno de los bolsillos de sus tejanos gastados y rebuscó con la punta de los dedos hasta que fue capaz de atrapar una moneda con ellos y se la ofreció a aquel hombre que, con un gesto desganado, le invitó a que eligiera una de aquellas cuerdas. Metió la mano dentro de aquella maraña de cordeles azulados, tardó casi un minuto en elegir uno. Lo agarró, fuerte. Cerró los ojos y respiró hondo, el olor a palomitas de maíz, algodón de azúcar, perritos calientes y manzanas caramelizadas inundó sus fosas nasales, quizá fuera aquello lo que tanto había atraído en el pasado a sus vecinos del pueblo.
   Tiró, sin pensárselo más, de aquella cuerda que sujetaba con la mano, está se tenso, algo se balanceó en el techo; ella abrió los ojos como platos.