miércoles, 9 de diciembre de 2015

Picoteando el asfalto


tengo miedo,
ya no soy aquel chaval
que no temía a nada ni a nadie
riéndose a carcajadas del peligro;
pero a este jovenzuelo
no le queda mucho espacio aquí dentro,
entre mi espanto y la grasa corporal
lo asfixiamos lentamente,
agoniza aguijoneándome como una abeja acorralada,

-"déjame salir...", me dice, -"...no seas capullo",

-"¿es qué ya no recuerdas lo que fuimos un día?",

pero sus reproches no me afectan en absoluto,

resbalan sobre el temor que siento
lubricándolo para penetrarme;
es tan cómodo tener miedo,
resulta agradable alejarse del peligro 
a pequeños saltitos como un gorrión asustado
alejándose de las personas
mientras busca alimento en cualquier acera;

desprecio a los valientes,

-"estúpidos, ¿acaso ganareis esta guerra?",
-"¿de veras nunca vais a temer a la oscuridad,
   a los ladrones, al cáncer o a la disfunción eréctil?",
-"mirad a este pobre gorrión,
   sin nada que picotear sobre el asfalto,
   temblando de miedo".