lunes, 22 de febrero de 2016

Desaprendiendo el pasado


de mi abuelo aprendí
a llevar siempre 
una navaja encima
y no fiarme 
de las personas que tienen
las manos en los bolsillos,
que la buena poesía
era aquella escrita
por tipos que preferían
acabar a puñetazos
que discutir eternamente;

él me enseñó
que por muy santurrón 
o hijo de puta que hallas sido
la muerte siempre 
te acaba encontrando
y todos nos meamos encima al verla
así que ¿para qué esforzarse?,
que tras el gustazo 
de engendrar chiquillos
venía luego el castigo de criarlos 
y no había en el mundo
borrachera suficiente
que te librara de éso;

pensaba que lo mejor del feminismo
era encontrarse mujeres en el bar,
le gustaba encontrárselas
cuando iba a emborracharse,
menos a la suya
pues era una santa
y las buenas mujeres
se quedaban en casa
cuidando a los niños;

mi abuelo fue
un gran hombre,
todos lo querían en el pueblo,
incluso mi pobre abuela
que lo tuvo que soportar
todos aquellos años,
e incluso yo,
que por suerte
nunca presté demasiada atención
a las cosas que decía;

me pregunto si llegada la hora
se meó encima
al ver acercarse la muerte.