lunes, 16 de mayo de 2016

Convergen las agujas

convergen las agujas
mientras relees un poemario de Bolaño
que un amigo te recomendó
antes de perderte el respeto;

convergen las agujas
cuando dejas de ser un héroe
y tus hijos son conscientes
de que ya no te necesitan;

convergen las agujas 
y te ríes de la muerte,
llenas tu cuerpo de sustancias
que no dudan en destrozar
los versos robados a noches insomnes,
las cuchillas de afeitar vigilantes,
los deslices ocasionales
y los suicidios voluntarios;

convergen las agujas
deteniendo el peristaltismo
de las tripas
y un tordo te mira
y unas palomas mendigan
las migas de tu último bocadillo;

convergen las agujas
alimentando esa sensación
de no sentirse persona,
de caer en un simple abismo
con fondo claveteado de pequeñas culpas
y escenas de película 
gore de serie B
de viernes por la noche;

convergen las agujas
en la crueldad de la esfera
de tu reloj de muñeca,
y escrutas con la mirada
un maldito segundero,
un vómito repentino y provocado 
por cada vez que el tiempo
te hace apreciar
que por mucho que quieras evitarlo
la sucesión no cesa
y no dejan de 
converger las agujas.