miércoles, 13 de julio de 2016

DIARIO DE AGONÍAS - Arrepentimiento 3, gestación



  Todavía no había decidido si entre alguna de aquellas seis manos que la tocaron anoche estaba la suya propia, y es qué después de una buena noche de sexo con cualquiera y tras haber superado esquivar la vergüenza reflejada en el espejo y vomitar el remordimiento (como la que se toma la píldora del día después), le gustaba dejar  que los rayos de sol le tocasen el rostro tatuándole salamandras en la cara. 
   Siempre se prometía a ella misma  (imitando aquella primera confesión oficial de cuando hizo la comunión) que sería la última vez, que valía mucho más que un puñado de pollas de chicos que no se molestaban ni en aprender su nombre, que cada día nacería de nuevo como el sol respetándose a sí misma, o acabaría con las tetas llenas de silicona y los labios rellenos de botox, pero el sol siempre muere al llegar la luna y el amor propio se duerme antes que un bebé amamantado por su madre... y el olvido, que poca memoria tiene el olvido.
   Le gustaba llegar la primera a la estación (lo contrario que a los orgasmos), subirse al primer tren parado que encontrase, recorrerlo de vagón en vagón escuchando el eco de sus pasos recordándole el olor a semen y la marca de distintos dientes en sus pezones y sentarse en cualquier asiento junto a la ventana esperando que al ponerse en marcha la llevase a algún lugar con playa, y es qué desde que la obligaron a ser católica con un chorro de agua por la cabeza y una hostia en la boca todos los domingos, pensaba que el mar limpiaba sus pecados (aunque no sucedía lo mismo con los arañazos en su espalda), pero el sabor del mar es demasiado parecido al del sudor lamido de una piel cualquiera, y apretando los muslos tumbada en el suelo y clavando los dedos en la arena todo comienza de nuevo, y dentro de ella como embarazo no deseado sin posibilidad de aborto se gesta lo que mañana será el tercer arrepentimiento.