jueves, 21 de julio de 2016

DIARIO DE AGONÍAS - Defunción 11, la existencia de la lluvia



   Perder el equilibrio no es lo más peligroso de caminar sobre el filo de un cuchillo, vivir toda la vida a ciegas mirando la pantalla de un smartphone,  con los sentimientos secos por buscar pornografía en Google y yonquis regando flores muertas en YouTube, éso es la muerte, y no ella.

   Pasea desnuda e indecisa preguntándose por qué la cultura la creó hembra, la llaman "el final", pero todos los caminos tienen finales y no por éso la gente deja de recorrerlos. Le duelen los años que lleva sin sentir el roce de unos labios, pero alguien dijo alguna vez que su beso era frío y amargo (como una buena cerveza).

   Las noches que no acaban, en las que no quieres que no sabes que nunca dices y todo pasa, las noches que fueron buenas consejeras de fatídicas decisiones, en las que decides que la dosis correcta de barbitúricos ha dejado de tener importancia apretando la marcación rápida para oír su voz al otro lado del aparato, las noches que te das cuenta de que realmente no tiene nombre, pero tú no has dejado de susurrarlo por todas las esquinas, de escribirlo ciento y una veces en las hojas cuadriculadas de los cuadernos del colegio para no cometer faltas a la hora de grabarlo en la corteza de un árbol, son las noches en que ella se trenza en el pelo todas las soledades en pequeños bucles acunando tu cabeza sobre su pecho (y reconozco que una vez ahí apoyado, eché de menos como me amamantaba mi madre con sus senos) y llorar después de echar un polvo sigue estando mal visto, pero ella sabe guardar muy bien los secretos, y siempre está tan guapa, que desojar flores para averiguar si la quiero sería un suicidio a largo plazo con demasiados intereses ¿y quién quiere seguir hipotecándose la vida?.

   Cuenta con los dedos las personas que dicen morirse de un orgasmo en los momentos que la vida les bombea con más fuerza, ya que existen en el mundo demasiados hijos bastardos y defunciones que no llevan su apellido. Los arrepentimientos le parecen tan cortos como la existencia de esas gotas de lluvia que se estampan contra la acera por muy fiera que haya sido la tormenta, y se excusa como las señoritas cuando van al baño en plena cena, volviendo con las manos manchadas de sangre, olor a aliento de otros besos que no son los tuyos y tierra bajo las uñas de su último entierro, donde veló durante toda la noche el nacimiento de la decimoprimera defunción de su carrera.