martes, 19 de julio de 2016

DIARIO DE AGONÍAS - Desilusión 9, agua que no riega



  Su mayor desilusión fue cuando paseó entre un jardín de cuchillas de afeitar y salió con todas las venas intactas, estaba harta de que los insomnios le hiciesen pensar en una inminente menopausia y tener que rociar su vagina con una fina lluvia de lubricante para poder echar un buen polvo. Y es qué si no sales por la tele nadie te considera una madurita resultona, y el tinte del pelo le pesaba en la cabeza más que las propias canas, y mientras intentaba no apretar mucho los labios para que no se le marcasen las arrugas en las comisuras, echaba de menos aquella vez que tuvo dentro de su boca la lengua de otra persona el tiempo suficiente como para que le entrase hambre y querer morderla, pero últimamente su lengua solo le servía para contarse los dientes y chupar la cuchara de ese yogur helado que tanto le gustaba.

   Nunca se quitaba la parte superior del bikini, solía decir que "hacer topless es para quienes les acaban de salir o para las que ya lo tienen todo perdido"  y ella se encontraba entre esa delicada línea de Gaza, pero seguía encontrando cierto placer en notar calentarse su piel al sol, igual que le pasaba con aquellas caricias en sus furtivas noches de sexo con hombres que le prometían amor eterno cuando se divorciasen de sus esposas, pero como siempre, las promesas se quedaban en condones usados flotando en el agua de cualquier inodoro. 

   "Tú te quedas aquí y yo me vuelvo con mi madre", es todo lo que le quedaba de una precipitada historia de amor pasada por vicaría que marcó su vida. También, conservaba una caja llena de sonrisas en papel Kodak y una fecha grabada en el dorso de un anillo de oro (su versión personal de "tú a Boston y yo a California). Desde entonces odiaba las comedias románticas con finales felices, para mentiras ya tenía las campañas electorales, y aunque hacía mucho que dejó de ser una adolescente, le había cogido cierto aprecio al cine gore, le encantaba éso de ver corazones arrancados de sus cuerpos desangrarse como el suyo.

   Su mayor decepción  fue sobrevivir a esos paseos por el jardín que tanto había cuidado regando las plantas con vodka barato y lágrimas de una noche de verano, imaginándose como quedarían de bonitas las cuchillas de afeitar teñidas de rojo (sólo por puro interés botánico), abonando el terreno donde se arraigaban las raíces con la desilusión novena del agua que no riega.