sábado, 16 de julio de 2016

DIARIO DE AGONÍAS - Soledad 6, los días



   Se ha despertado como siempre, y al salir le ha pedido a sus ganas que cuando se levanten hagan ellas la cama, porque tiene demasiada prisa para que el día termine lo antes posible y refugiarse con ellas de nuevo entre las sábanas. 

  Se ha cubierto de la lluvia con su viejo paraguas, ése que sólo le quedan varillas y no impide que los años la calen hasta los huesos, se ha manchado los zapatos de barro (pues ya no hay galanes que tiendan sus chaquetas sobre los charcos a la vista de una señorita) de camino a la misma cafetería donde tuvo su primera cita a ciegas sin recuperar del todo su visión periférica, porque le gustan los recuerdos, y escribirlos en etiquetas de cerveza para que dedos inquietos los arranquen indiferentes mientras alguien mantiene cualquier conversación banal que no tenga nada que ver con ella.

   Los días le parecen repetitivos, con ese efecto de mago barato (nada por aquí,  nada por allá...) de show anticuado, pero les sigue encontrando cierto encanto, siempre le gustó el blanco y negro, así que los pega en un álbum a la espera de ser vieja para poder enseñárselos a sus nietos. A mí me los muestra de vez en cuando, cada vez que después de mezclar nuestros sudores se da cuenta de que no voy a ser el abuelo de sus nietos (a los hijos prefiere ahorrárselos, dan demasiados problemas), -Mira...- me dice  -...éste día es de cuando me senté a mirar el mar y no me dí cuenta de que estaba en el desierto, ya me parecía a mí raro que tardase tanto en subir la marea-, y me pide que follemos de nuevo y después me marche, que tampoco necesita marido para criar a sus nietos y va siendo hora de pasar página,  pero las únicas páginas que pasa son las de ese roído álbum con sus días pegados y las esquinas de las hojas gastadas de tanto pasarlas.

   Esquiva a los gorriones, las palomas sirven para echarles pan, y los cuervos para sacar ojos, pero no le encuentra ninguna utilidad a los gorriones, odia las cosas inútiles, por eso evita las reuniones familiares y piensa que las puestas de sol están sobre-valoradas, si lo interesante viene después,  cuando oscurece y llega el momento de quitarse la ropa.

   Piensa en sus manos cuando le hablan de amor, nunca nadie la ha querido tanto como sus manos, con sus dedos libres sin ataduras de anillos y compromisos inadecuados.  La acompañan todo el día tocándolo todo, y ella  espera pacientemente a que llegue su turno. Le gusta rozar las mejillas  en ellas, incluso se aventura a prometerles amor eterno antes de dejar que bajen por el abdomen buscando los besos de su entrepierna, y cuando las cuerdas se desatan y los "te quiero" se miden en gemidos, disfruta sin compañía de la sexta soledad de sus días.