viernes, 30 de diciembre de 2016

Ya lo dijo Ted Kaczynski



(Dedicado a Javinho Do Sousa)


  —Imagínate por un momento que mañana se muda un vecino nuevo al piso de arriba. —Inhala de su cigarro como si fuera el último que va a fumarse en su vida—. Al principio ni te inmutas, qué más da tener a otra persona viviendo ahí arriba, así que no le das mucha importancia. —Lo miro curioso, él percibe mi interés y se viene arriba, sigue fumando, pero esta vez lo hace de forma chulesca, dejando que el humo se escape tímidamente por los agujeros de su nariz mientras me mira a los ojos—. Pero un día, ese capullo, empieza a darle al taladro, y claro, no te extraña, ese subnormal acaba de mudarse hace poco, así que piensas que es algo normal, que el pobre tiene que acabar de hacer sus cosas. Para ahí. —Detengo el coche en mitad del descampado, paro el motor girando la llave y echo el freno de mano—. Pero al otro día, ese hijo de puta empieza a darle de nuevo de buena mañana, es un puto sábado, estás cansado, ayer cerraste todo el día y lo último que te apetece es que alguien te joda a las siete de la mañana con un jodido taladro, pero en el fondo eres buena persona, así que te das la vuelta en la cama, te pones la almohada sobre la cabeza e intentas dormir inútilmente un par de horas más. Pero ahí no queda la cosa. —Abre el cenicero del coche, unas cuantas comillas intentan escaparse de forma desesperada de su interior, él, con toda la tranquilidad del mundo, enciende otro cigarro con la colilla del viejo antes de introducirla en esa especie de "cementerio de elefantes" que es el puto cenicero del coche; la verdad es que el humo empieza a estancarse en el habitáculo, se mezcla con la música de Johnny Cash que sale por el único altavoz que funciona y provoca que me escuezan los ojos; él, me mira divertido mientras sujeta el cigarrillo entre los labios—. Por dónde iba, ah sí, coño... llega el domingo, amanece, tú estás tirado en la cama con una jodida resaca de la hostia, no sabes cuantas birras te bebiste anoche ni cuantas zorras te chuparon la polla, pero ese maldito cabrón empieza a taladrar de nuevo, tú te dices "¡pero qué coño! es el puto jodido domingo", y ese malnacido agujerea y agujerea la pared sin compasión. Sí, este parece un buen sitio ¿cómo cojones se abre esta jodida puerta? —Salimos del coche, la oscuridad nos ampara por completo, a lo lejos se escuchan los coches por la autopista, un poco más allá, en una granja cercana, algún animal trasnochado emite alguna clase de extraño sonido. Cierra la puerta de un portazo y apoya los brazos sobre el techo del coche mientras observa concentrado la débil luz que emite su cigarro, lo mueve varias veces de un lado para otro y observo cómo la pequeña lumbre de la punta crea una línea de luz en mitad de la oscuridad reflejándose en sus ojos—. Y como te he dicho antes, tú eres un buen tipo, no, que digo de "buen tipo", eres la jodida puta madre Teresa de Calcuta, así que te dedicas a potar una y otra vez toda la birra que tú hígado no ha sido capaz de asimilar y a tomarte paracetamoles como si fueran gratis, pero ese hijo de la grandísima puta taladra y taladra sin parar, le da lo mismo que sea domingo, de día o de noche, la hora de comer o la de la siesta, ese pedazo de mierda sigue y sigue taladrando, incluso en navidad, y tú te indignas y le dices a todo el mundo ¡Vamos, hombre, no me jodas, qué es navidad, el cumpleaños de nuestro señor!, pero a ese descerebrado del puto Santa Klaus le trae otro taladro nuevo y adivina, el muy lumbreras se pone a taladrar de nuevo, una y otra vez, como si le fuera la vida en ello. —Me hace una señal y nos dirigimos a la parte trasera del coche, me apoyo ligeramente sobre la puerta del maletero, meto mis manos en el interior de los bolsillos de la chaqueta y me encojo de hombros, hace un frío de tres pares de cojones; lo miro mientras se da la vuelta dándome la espalda, gesticula violentamente, su aliento cargado de alcohol barato y tabaco llega a mí a través del frío aire de la noche. Tira de un capirote la colilla del cigarrillo hacia un lado, durante unos instantes un pequeño foco de luminiscencia ilumina levemente los matorrales donde ha caído la colilla—. Y pasan los días, las semanas, los meses y ese pedazo de cabrón no suelta el puñetero taladro ni para cascársela, tío; es una pasada, el muy hijo de perra debe de tener la casa como un asqueroso queso de Gruyer, pero el tío sigue y sigue taladrando sin parar; así que llega un día en que revientas, no lo soportas más, quieres subir y darles de hostias hasta que puedas arrancarle el jodido taladro de sus putas manos muertas y metérselo por su jodido culo, pero cuando estás a punto de salir por la puerta, entonces, recuerdas que eres un buen tipo, una persona pacífica, un jodido ciudadano ejemplar que paga sus impuestos y vota cada cuatro años, así que te das media vuelta, te sientas en tu sillón favorito, enciendes el puñetero televisor y empiezas a ignorar el taladro hasta que aprendes a no escucharlo. —Saca el paquete de Ducados del bolsillo trasero de su pantalón, le da un par de golpecitos en el culo y saca otro cigarro que se mete automáticamente en la boca; me hace un gesto con las cejas, abro el maletero y miro en su interior, el pobre muchacho está hecho un asco, las lágrimas y los mocos le llegan hasta la mordaza que a su vez se ha empapado con la saliva por el tiempo que hace que la tienen entre los dientes, incluso el pobre diablo se ha meado encima. Él lo mira indiferente, le da una calada al cigarro hasta llenarse bien los pulmones y escupe el humo en una fina línea hacia el cielo de la noche—. Pero sabes una cosa, por mucho que ignores el sonido de ese taladro, por mucho que te empeñes en convencerte a ti mismo de que realmente no lo escuchas, ese puto taladro no dejará de existir, no desaparecerá por mucho que tú quieras, estará ahí día tras día y noche tras noche jodiéndote el resto de tu puta vida ¿y sabes por qué? Pues por no haber tenido los santísimos cojones de haber subido al piso de arriba y haberle dado de hostias a ese desgraciado hijo de la gran puta hasta haber podido quitarle el taladro de sus manos muertas y habérselo metido por su maldito culo. —Su cara se ilumina cada vez que le da una calada al cigarro, otorgándole un aspecto gótico y malvado. Apenas puedo distinguir su mirada en la oscuridad, pero esta no se aparta del muchacho maniatado del maletero, lo mira girando la cabeza levemente mientras sujeta la puerta del maletero con una mano y su cigarrillo con la otra—. Ya lo dijo Ted Kaczynski: "la no violencia es la muerte". — Javinho Do Sousa le lanza el cigarrillo a la cara con desprecio, el muchacho se retuerce asustado, todos los olores de su cuerpo se mezclan en uno solo, el olor del miedo y la desesperación. Javinho se dirige a la puerta del copiloto, la abre, la música de Johnny Cash se escapa momentáneamente del interior del coche; Javinho deja caer su cuerpo en el asiento y cierra de un portazo, por el reflejo del retrovisor puedo ver como se enciende otro cigarro—. Una preciosidad de botella Jack’s me está esperando en casa, así que Juan, acaba de una puta vez e intenta no pringarlo todo como en la última ocasión. — Miro al chico, que a su vez me mira a mí, asustado, desorientado, suplicante—. Puto karma ¿verdad muchacho? —le digo— Seguro que ahora mismo estás maldiciendo el puñetero día que se te ocurrió comprar ese jodido taladro.