miércoles, 15 de febrero de 2017


Aquellos zapatos
olían a verdadera muerte.
Cada mañana los dejaba
sobre su taquilla
y apestaban a
pescado podrido
con un poco de vómito 
en su interior.
Algunos le decíamos

-Eh, tío, mete esos putos
zapatos dentro de 
tu taquilla y lávate
los pies ¡por Dios!

Pero él nos sonreía
como si no entendiera
nuestro idioma
y se marchaba a ocupar
su puesto de trabajo
dejándolos allí arriba.
Al terminar la jornada
todo el vestuario apestaba
a los pies
de aquel tipo;
las baldosas,
el suelo, las puertas
y los laterales de las taquillas,
todo se corroía y
oxidaba por aquel
nauseabundo olor.
Teníamos arcadas
mientras nos cambiábamos
y el olor se pegaba a nuestra ropa limpia,
a nuestro pelo, a nuestra vida.
Y él sonreía 
mientras le decíamos

-Eh, tío, lárgate de una vez
y no te atrevas
a volver mañana
o te mataremos.

Pero a la mañana
siguiente
todos volvíamos a estar allí,
aspirando de nuevo
el olor a muerte
del interior
de aquellos zapatos.