Páginas

miércoles, 6 de diciembre de 2017

Un sonido erótico al otro lado de la puerta


   Escucho sus tacones a través de la puerta, el sonido llega apagado, pero no por eso es menos erótico. Acerco mi mejilla a la puerta, mi respiración rebota en la madera y humedece mi rostro. Pego todo lo que puedo el ojo a la mirilla, en silencio, como un animal acechando a mi presa.

   Está preciosa, como siempre, aprieta el botón del ascensor con un dedo mientras con la otra mano juguetea con el móvil. Acaricio la superficie de la puerta con las yemas de mis dedos, me imagino que es su piel lo que estoy tocando y la erección no tarda en manifestarse. 

   No soporto seguir espiándola de esta manera, pero... ella es tan perfecta, con sus labios pintados de rojo, sus pestañas cortando el aire en cada parpadeo, su cuerpo enfundado en ese vestido de noche y su melena repisada sobre sus hombros desnudos; no cómo yo, un animal infame, una bestia presa de la condena que me he impuesto, viviendo entre mi propia basura, respirando el mismo aire una y otra vez... y otra... y otra, buscando el único contacto humano que soporto en las redes sociales y la pornografía barata de páginas webs japonesas.

   Una vez la vi por la mirilla hablando con mi madre, ésta había venido a dejarme en la puerta la comida y los nuevos medicamentos que el psiquiatra me había recetado. A veces mi madre me habla a través de la puerta, me pide que me cure pronto, que me echa de menos, que el mundo ya no es tan malo ahí fuera. Pero yo nunca le contesto ¿qué contestarle a una madre que solo puede esperar a que su hijo muera al otro lado de la puerta para poder verlo por última vez? Ese día tampoco le contesté y mi madre lloró y ella salió del ascensor y la consoló mientras mi madre le explicaba mi historia y le enseñaba viejas fotografías mías que llevaba en el monedero mientras intentaban entender por qué un chico tan guapo como yo se negaba a salir de casa. Ella la abrazó y la acompañó hasta el ascensor para que pudiera marcharse. Desde entonces, alguna que otra vez, cuando cree que nadie la está mirando, se acerca a mi puerta y pega la oreja a ella imaginándose qué clase de patético ser debe vivir aquí dentro, pero incluso entonces está preciosa, como ahora, esperando el ascensor para salir de fiesta este sábado por la noche.

   Yo seguiré aquí, esperando a que vuelva, esperando a que lo haga sola, no como aquella vez que volvió con compañía y a la mañana siguiente salió de su casa un chico a medio vestir y con cara de satisfacción. Seguiré esperando a que estas malditas paredes que me tienen preso de mi propio ser se derrumben sobre mí haciéndome desaparecer entre mi propia mierda para siempre. Pero sobre todo, Seguiré aquí, esperando a que llegue mañana para poder verla salir de nuevo tan guapa como lo está esta noche.